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La Luz Difícil

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La Luz Difícil

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Autor: Tomás Gonzáles

Editora: Alfaguara

Assunto: Romance

Traduzido por: Livro Editado em Espanhol

Páginas: 132

Ano de edição: 2011

Peso: 185 g

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Muito bom
Marcio Mafra
15/11/2013 às 21:40
Brasília - DF
La Luz Difícil conta a história de David, artista Colombiano, dedicado à pintura e literatura. Um de seus filhos, Jacobo, ficara paralítico devido a um acidente automobilístico. Ele sofria dores insuportáveis e então decidiu morrer. David foi testemunha deste processo. Vinte anos depois, David reconstrói sua vida na cidade de Nova York onde ganhou fama e dinheiro com suas pinturas. Mas à medida que aumenta sua fama, aumenta também a sua cegueira, que termina por impedir-lhe a pintura. Quase imitando seu filho, parece então que só lhe resta a morte. Uma história forte e emocionante, onde o talento de Tomás Gonzáles demonstra que, quando a morte se avizinha, não resta outra alternativa que não a afirmação da vida.

Marcio Mafra
15/11/2013 às 00:00
Brasília - DF

A história de David, pai de Jacobo que tinha decidido morrer. Um acidente automobilístico o deixou paraplégico e com dores tão fortes que tornaram sua vida insuportável. David foi testemunha desse processo. 

Marcio Mafra
15/11/2013 às 00:00
Brasília - DF

Me desperté con un ataque de daustrofobia que tuve que controlar rápidamente y con enorme esfuerzo, para no hacer una escena con alaridos o quién sabe qué.

Me erguí de Ia cama, aventando casi Ia cobija, y me pre­cipité hasta Ia ventana, para respirar profundo y mirar el cielo con estrellas, Ias tumbas y los árboles. A eso de Ia una de Ia mañana tuvimos, pues, a un hombre de casi sesenta años, flaco y desnudo, con el torso asomando por Ia ventana sobre un cementerio. Pero al menos no daba alaridos.

Sara me preguntó que qué me pasaba, y yo le dije:
-Claustrofobia, pero ya pasó. Menos mal tenemos estos árboles.

Fumé mirando los monumentos oscuros, abajo; fui al gabinete del baño y me tomé una pastilla extra del ansiolítico suave, clonazepam , que me habían recetado hacía dos meses.

-~Llamamos?

-Dejémoslos descansar.

Todo el mundo seguía en Ia cocina. Fui a tomar un poco de té, y al momento llegó Sara, que le preguntó a Arturo por Ámbar.

Él volvió a decir que Ámbar se había largado porque decía que él estaba inaguantable, pero que era ella Ia que estaba inaguantable. Venus dijo que era mejor así, pues descansarían un rato el uno del otro, y que ya Ámbar volvería. «Me importa un comino, en lo que a mí concierne», dijo Arturo con demasiada descortesia e intensidad como para que fuera cierto. Yo repetí, en inglés y nada más que por hablar, un chiste viejo de Cali, «mujer que no jode es hombre», pero sólo a James le causó algo de gracia.

Los seis nos sentamos en la mesa a tomar té en silencio. Sentí el ambiente de los velorios de Medellín de hacía cinco decenios. Por Ia ventana entró un chilli­do feo, tal vez de una ardilla atacada por una rata o de una rata atacada por una ardilla, en el jardín del cemen­terio. El jardín de !as delícias. Hombres con cola de rata,marsupiales con piernas de niño. Entró también por Ia ventana el ruido de un altercado entre un hombre y una mujer, como un manojo de alambre de púas. Estaban borrachos, probablemente en la calle al Iado de Ia verja del cementerio y muy cerca de alguna de Ias Vírgenes o al pie de los huesitos de Ellen Louise Wallace, enterrada en 1975. Decidimos entonces llamar a los muchachos.

Huesitos.

Para sorpresa mía y tal vez de Ángela, Ia semana pasada le pedi que me comprara un ramo de rosas en Ia plaza de mercado y que me acompañara a visitar Ia tumba de Sara. Esto de Ia vejez me deja atónito a veces.

No creo para nada en Ia otra vida, ni que un muerto sea otra cosa que un enredijo de calcio y harapos e insectos repulsivos aunque inocentes, y véanme ahora con mi bastón de empuñadura de plata, un poco pretencioso, que compré en un anticuario de Nueva York nada más por lo bonito, cuando todavía no lo necesitaba; Ia boina vasca que me trajeron los muchachos; un blazer negro de algodón; bluyines Levi's grises oscuros; zapatos marrones de gamuza; cinturón de cuero negro con hebilla de diseño sencillo de plata; mi mejor camisa, abotona­da hasta el cuello; es decir, todas mis herramientas de despefiarme y de recibir homenajes, parado frente a Ia tumba de Sara, donde acababa de agacharme para de­jarle doce rosas amarillas de reborde rojo. «Yo es otro», decía un poeta, que era francés, pero había dicho eso como si fuera Li Po. No me puse corbata porque no tenía.

Más tarde voy a ensayar a dictarle a Ángela, pues se me agotaron otra vez los ojos.

Otra ves debi acostarme un rato, porque ya no beia. Me puse la toaya humeda sobre los ojos, para descansarlos. Estava contando antes que a la una de la maiiana nos habiamos reunido en el comedor. Nos quedamos allí sin hablar mucho y al final desidimos llamar a los muchachos y hablar todos con ellos. Habló Debrah, habló [ames, les dieron ánimos ...

Me encantó Ia ortografía de Ángela. Cómo nos conmueve, cuando menos lo pensamos, Ia belleza! Cla­ro que ahora a mí todo parece conmoverme y veo (o beo) belleza por todos lados.

Mi hermana mayor, que redactaba como los dioses, sufría también de mala or­tografía y escribía mal casi toda palabra que se dejara.

Creo que se trata de dislexia. Además tiene bonita letra, Ángela, pero, al repasar un poco el texto, para ver por dónde sigo, joyas como beia, desidimos y toaya -y no lo digo con ironía - con seguridad me van a distraer y  voya perder el hilo de lo que estoy contando. También es complicado, por ejemplo, cuando pregunta:

-~De qué? -y me toca deletrearle:

-De-e-be-ere-a-hache. Debrah. De mayúscuIa, be grande. Es un nombre.

-Con hache a lo último?

-Sí, Ángela.

-No es Débora?

Podría dictarle a su hijo, claro, que seguramente tiene mejor ortografia, pero no quiero que estos, mis asun­tos, a veces tan difíciles o íntimos, pasen por Ias manos peludas de un Mico sapiens masculino, y menos si es tan dicharachero y conversador como él. Para que Ángela no se ofendiera porque no iba a dictarle más, le expliqué lo mejor que pude que Ias toallas con ye me quitaban un poco Ia concentración.

-Para mí una toalla con ye o elIe, don David, es Ia misma toalla - respondió.

Me acerqué para mirarle bien los ojos y le acari­cié Ia mejilla.

-No te preocupés, Ángela, que ya te pondré a escribir otra vez cuando me embizque del todo.

Puse una de Ias sonatas para violín y clavicémbalo de Bach, pero tocada en piano por Glenn Gould.

Pongo Ia música en el computador, que mis hijos adaptaron para personas con problemas de Ia vista, es decir que todo en Ia pantalla aparece inmenso y muy contrastado.

Cinco de Ia tarde. En una hora o algo así van a llegar los murciéIagos a bordear Ia luz eterna. Dejemos lo del comedor del apartamento de Ia calle Segunda, que está

duro de escribir, para mañana. Ángela no se ofendió para nada y fue a traerme un café cargado que le pedí, para oír mejor Ia música. Ángela es gruesa y bajita, no fofa,

sólida, fuerte, senos amplios y cara bella. Ojos grandes y muy limpios y negros. Piel muy blanca, pelo negro liso. Dientes muy blancos, de sonrisa fácil. Desnuda debe pa­recer una especie

de Venus. Me habría encantado hacerle algunos carboncillos, aunque no fuera desnuda.

 

Hablé de último con los muchachos, pero no en el comedor, sino que me fui para el estudio. Y esta vez pude hablar largo con Jacobo. Me dijo que estaba con dolores muy fuertes, pero que

ya por  lo menos se ha­bía tranquilizado. No, no podía dormir. Estas dolores tan hijueputas no me dejan pegar el ojo. Y ahora ando estrefiido.

Estoy cansado de que me tengan que ayudar a cagar, dad (Mis hijos salieron mucho más mal habla­dos que yo.)

Tenés miedo?, le pregunté abiertamente, y dijo que claro que tenía miedo, David, vos me viste cara de Supermán o qué? Me reí un poco, como para confortarlo.

Hubo un silencio largo.

Si te arrepentís, no pasa nada, le dije. Ya sé, dad, ya sé. Si me arrepienta no pasa nada.

Le dije: no hay que ser fuerte ni valiente ni nada de eso, cierto?

Sí, David, ya lo sé bien, dijo él, que pareció impacientarse un poco.  Y Pablo?, pre­gunté. Bien, dijo. El gigantón ese puede con el mundo y le sobran fuerzas.

Te gustaron Ias orquídeas que se hizo?, me preguntó. Me gustaron, me gustaron, dije, pero vos creés que se vaya a tatuar más?

Creo que sí, dad, be prepared.

Ellos empiezan y ya no paran.

Pero se le ven bien, no?, preguntó. Lindísimas, le dije.

Oye, me dijo, y cómo sientes a mi mamá? Le dije Ia verdad: creo que ella preferiría que te arrepintieras y te volvieras para la casa, pero no estoy seguro de eso tampoco.

Sí, dijo él, no sabemos nada.  Y cómo vas con lo del ferry?, preguntó.

Aquí lo tengo ai frente.

Nada que lo logro, pero ya voy estando un poco más cerca. Le conté entonces que Arturo había peleado con Ia novia y que estaba muy tenso.

Claro, David, no es para menos, con este asunto mío, no? Buenísimos Ias últimos grabados que hicis­te de Ámbar, dijo, como para cambiar rápidamente de tema.

Sí, quedaron buenos, le dije, es que ella es una belleza.

Ojalá no peleen del todo, para hacerle algunos más.

Un abrazo, dad, nos hablamos en un rato, dijo él.

Un abrazo, Jacobo. Que Pablo te haga un masaje si el dolor te acosa mucho.

Yaquí estaremos.

Tomate un par de analgésicos de cualquiera, aunque sea para el efecto placebo, ya sé que no te sirven para nada, dije.

Vale, David. Abrazo. Chao. Chao.

Me quedé con Ias codos sobre Ias rodillas y Ias manos en Ia cara, mirando para el piso, sentado en Ia si­lla que usaba para estudiar Ias pinturas, al frente de Ia luz del agua que aún no había

logrado plasmar. Sara entró y me besó Ia cabeza, Ios ojos, Ia nariz, Ia boca y otra vez Ios ojos.

Menos mal entró sólo ella, pues en mi estado no habría sido capaz de soportar una manifestación co­lectiva de aflicción «estilo americano».

Y aquí le tocó detenerse otra vez al anciano sen­timental.

Próstata.

Como si el mundo por el asunto ma­cular no se me hubiera puesto ya bastante líquido.

Me fumé un Pielroja, sentado en el borde de Ia cama, y me acosté a dormir un rato. Nunca he sufrido de Ia próstata, por cierto. A mi edad me cabe el orgullo de orinar aún como un caballo.

Me desperté tal vez media hora des­pués y me sentí muy débil. Caída de Ia tensión, tal vez.

Ángela me trajo un aguardiente grande, que me reani­mó. Pus e música de Villa-Lobos, Ia misma que me ayu­daría aquella vez a resolver al fin Ia pintura dei ferry de Staten Island. Y me

senté otra vez con Ia Iupaza frente a mis páginas, mientras Ia mujer cantaba con voz luminosa una melodía, que a mi modo de sentir es fúnebre, Bachiana Brasileira Número 5 se llama, y no

tengo idea de lo que dirá Ia letra, pues está en portugués.

A Ias seis de Ia tarde Ángela trajo Ia cerveza y se despidió.

Parecía como si quisiera decirme algo y no se atreviera.

Otras veces ha ocurrido, y sé que siempre ter­mina por contarme alguno de sus problemas familiares y pedirme consejo. Le tengo mucho aprecio y siempre me resigno a pensar en el

problema y tratar de aconsejar­-le alguna salida sensata, o que me parezca a mí sensata. Es decir, Ia cosa se viene mañana o pasado mañana, a más tardar.

Me quedé en el corredor, en mi silla de director de cine, con lona color de girasol.

La gran soledad es como un lienzo aparentemente vacío, engañosamen­te vacío.

A Ias siete de Ia noche entré a Ia casa y cerré puertas y ventanas, tanteando un poco los pestillos y Ias aldabas, pues de noche mi visión empeora.

Me senté en el sillón de cuero. Sentí frío y fui a buscar el suéter grue­so de alpaca que me dio Sara poco antes de venirnos de Nueva York (cómodo, caro y bonito, como todo lo

que regalaba). Me senté otra vez en el sillón y me que­dé inmóvil, tal vez treinta minutos.

Entonces un grillo empezó a cantar bellísimo, como si fuera Ia presencia de Ia Presencia, en algún lugar de Ia sala. Son unos grillos oscuros, nocturnos, feos, con algo de cucaracha y voz

muy poderosa que a no todos gusta. Y mi gran soledad se llenó de pronto con el universo entero.


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Marcio Mafra
15/11/2013 às 00:00
Brasília - DF

Em outubro de 2011 estive em Bogotá. Numa passada pelas principais livrarias da cidade, trouxe “La Luz Difícil” de Tomás González, escritor da moda na Colômbia.


 

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